Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Las cautivas eran las sirvientas. Algunas vestÃan como indias y estaban pintadas como ellas. Otras ocultaban su desnudez en andrajosos y sucios vestidos.
¡Cómo me miraban estas pobres! ¡Qué mal disimulada resignación traicionaba sus rostros! La que más avenida parecÃa era la nodriza de la hija menor de Mariano; habÃa sido criada en la casa de don Juan Manuel de Rosas. La cautivaron en Mulitas, en la famosa invasión que trajo el indio Cristo, en la época del gobierno de Urquiza, cuando lo que se robaba aquà se vendÃa en las fronteras de Córdoba y San Luis.
Yo no habÃa comido más que un churrasquito, desde el dÃa antes; el puchero estaba muy apetitoso y bien condimentado. Me puse, pues, a comer con tanta gana como anoche en el Club del Progreso. Y como no habÃan olvidado los trapos, como olvidaron las servilletas allÃ, lo hice como un caballero.
Terminado el puchero, trajeron asado, después sandÃas.