Una excursión a los indios Ranqueles

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Estábamos en los postres, cuando volvió a presentarse el negro con su inseparable acordeón. Se sentó como en su casa al lado de Mariano y comenzó la música. Afortunadamente se había puesto muy ronco y no podía cantar. Que te dure la ronquera, decía yo para mis adentros, y lo miraba, haciéndole con la cabeza una especie de amenaza de mandar el organito ofrecido y temido por él. El sátrapa me miraba comprensivamente. Lo dejé seguir.

Conversábamos como en un salón, cada uno con quien quería.

Los indios no dan cigarros a los cristianos que están de visita. Para fumar yo, tuve que regalar de los míos a todos.

Los indiecitos nos alcanzaban fuego, y cuando quedaban jugando o distraídos, Mariano los aventaba diciéndoles: Salgan de ahí, no falten al respeto a sus mayores, eran sus palabras casi textuales. Observé que eran en este sentido bien criados.

Mariano, queriendo ponderarme uno de sus hijos me dijo:

Este es muy gaucho.

Después me explicaron la frase. El indiecito ya rodaba maneas y bozales. Más tarde completaría su educación robando ovejas, después vacas. Es la escuela.

En seguida me presentó otro.


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