Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Era un muchacho de trece años, no podía tener más. Y eso debía tener por la época en que me aseguraran había nacido. Su mérito consistía en tener mujer ya. Su cara no carecía de atractivos; tenía bastante expresión. Revelaba excesos prematuros, un físico en perspectiva.
Fumábamos y charlábamos alegremente, cuando se presentó Epumer con mi capa colorada, la capa causante de tantos malos ratos y dolores de cabeza. Confieso que no me pareció tan fea.
Me saludó con política y me habló con cariño.
Pidió aguardiente, y Mariano le dijo en su lengua que no era hora de beber.
Sentóse y tomó parte de la conversación.
Una cara que yo no había visto desde qué llegamos, cuya aparición por allí debía preocuparme, se mostró por una rendija del toldo y con disimulo me hizo una seña significativa.
Fingí un pretexto. Se lo comuniqué a mi huésped y le pedí permiso para retirarme, y me retiré diciéndome a mí mismo, lleno de curiosidad: ¿qué habrá?