Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Me contestó que por su parte no omitirÃa esfuerzo en ese sentido, apelando al testimonio de Bustos para probarme que él era muy amigo de los cristianos.
—En la Carlota tengo parientes; mi madre era de allà —me repitió varias veces, agregando siempre—: ¡cómo no he de querer a los cristianos si tengo su sangre!
Después que se marchó, mandé ver con el capitán Rivadavia si Mariano Rosas estaba en disposición de que habláramos de nuestro asunto, el tratado de paz.
Mi viaje tenÃa por objeto orillar ciertas dificultades que surgÃan de la forma en que habÃa sido aceptado.
Me contestó que estaba a mis órdenes, que fuera a su toldo cuando gustara.
No le hice esperar.
Entré en el toldo.
El hombre almorzaba rodeado de sus hijos y mujeres.
Se pusieron de pie todos, me saludaron atenta y respetuosamente, y antes de que hubiera tenido tiempo de acomodarme en el asiento que me designaron, me pusieron por delante un gran plato de madera con mazamorra de leche muy bien hecha.
Me preguntaron si me gustaba asà o con azúcar.
Contesté que del último modo, y volando la trajeron en una bolsita de tela pampa.