Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles No habÃa almorzado aún. ComÃ, pues, el plato mazamorra, sin ceremonias.
Me ofrecieron más y acepté.
Mis aires francos, mis posturas primitivas, mis bromas con los indiecitos y las chinas le hacÃan el mejor efecto al cacique.
—Usted ha de dispensar, hermano —me decÃa a cada momento.
Cuando le miraba fijamente, bajaba la cara, y cuando creÃa que yo no le veÃa, me miraba de hito en hito.
Hablamos de una porción de cosas insignificantes, mientras duró la mazamorra, que a eso sólo se redujo el almuerzo.
Meses antes, por cartas me habÃa invitado para que nos hiciéramos compadres.
Me presentó a mi futura ahijada.
Era una chinita como de siete años, hija de cristiana.
Más predominaba en ella el tipo español que el araucano.
La senté en mis rodillas y la acaricié, no era huraña.
Por fin, entramos a hablar de las paces, como se dice allÃ.
Mariano fue quien tomó la palabra.