Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Les ofrecà asiento, y haciendo grandÃsimos esfuerzos para disimular su estado, lo aceptaron, invitándome a saborear con ellos el alcohólico brebaje, usando, por supuesto, de la fórmula consagrada.
Tuve que aceptar el yapaÃ.
Pero como estábamos solos, entre puros nosotros, como dicen los paisanos, me creà eximido de ser tan diferente como en otras ocasiones.
No lo llevaron a mal.
Mis fueros de coronel, por una parte, por otra la comunidad de religión y de origen, circunstancia que en todas las situaciones de la vida establece fácilmente cierta cordialidad entre los hombres, ponÃan a mis huéspedes en el caso de no abusar de mi hospitalidad.
Además, ellos se consideraban honrados de ser admitidos a horas incompetentes en mi rancho; les bastaba fraternizar conmigo y beber solos con mi permiso.
Me lo pidieron con toda la picardÃa gauchesca, diciéndome:
—Dispénsenos, mi Coronel, si no estamos muy buenos; queremos acabar esta botellita aquÃ, en su rancho; si le parece mal, si le incomodamos, nos retiraremos.
—Estén a gusto —les contesté—, yo no soy hombre etiquetero.
—Ya lo sabemos, contestaron a dúo, por eso hemos venido.