Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Los pobres se habían vestido con la mejor ropita que tenían. Hincados, sentados, o de pie, esperaban con respetuoso silencio la aparición de los sacerdotes.
Miré el reloj, marcaba las nueve. Es la hora, Padres, les dije y me dirigí con ellos, acompañado de mis oficiales, a la capilla.
No podía ser más modesta.
Me consolé, recordando que aquél cuyo sacrificio íbamos a honrar había nacido en un establo, durmiendo en pajas.
Con ponchos y mantas los franciscanos habían tapizado el suelo y las paredes del rancho.
El viento no incomodaba, las velas ardían iluminando un crucifijo de madera, en el que se destacaba, salpicada de sangre, la demacrada y tétrica faz de Cristo; el altar brillaba cubierto de encajes y de brocado pintado de doradas flores, resaltando en él la reluciente custodia y las vinajeras plateadas.
Todo estaba muy bonito, incitaba a rezar.
El padre Marcos debía oficiar, ayudándole el padre Moisés y yo, aunque de mi latín de sacristía no me habían quedado sino recuerdos confusos y vagos.
Pero mi deber era dar el ejemplo en todo.
Lo revestimos al padre Marcos, y los oficios empezaron.
Grupos de indios curiosos nos acechaban.
Reinaba un profundo silencio.