Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles La metálica campanilla vibró, invitando a hacer acto de contrición por la sangre del Redentor.
Era la primera vez que en aquellas soledades, que entre aquellos bárbaros, resonaban los ecos del humilde Confieor Deo Omnipotenti.
Los cristianos oraban con intensa devoción.
Yo los miraba cada vez que la ceremonia me permitía darle el flanco al altar.
Entre ellos había varios indios.
En algunas mujeres sorprendí lágrimas de arrepentimiento o de dolor; en otras vagaba por su fisonomía algo parecido a un destello de esperanza.
Todos parecían estar íntimamente satisfechos de haberse reconciliado con Dios, elevando su espíritu a él en presencia de la cruz y del altar.
Mientras duraron los oficios sagrados, yo pensé constantemente en mi madre.
Recordaba los martirios infantiles por que me había hecho pasar llevándome todos los domingos a la iglesia de San Juan para que ayudara a misa bajo su vigilante mirada.
—¡Pobre mi madre! —me decía—, ¡qué lejos estás!