Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Rogaba a Dios por ella y por todos los que amaba; y le daba gracias por esos martirios, porque debido a ellos me era permitido experimentar el placer de prestigiar a la religión entre los infieles, tomando parte en la celebración de la augusta ceremonia que allí nos congregaba.
Después que se acabó todo, que los padres repitieron sus bendiciones, se deshizo el altar, se arrancaron los ponchos y mantas, y la capilla volvió a quedar convertida en lo que era, en un miserable rancho.
Se guardaron los ornamentos, se puso el baúl en mi rancho, y en seguida nos fuimos con los franciscanos a darle las gracias a Mariano Rosas.
Estaba lleno de visitas y almorzaban. Cada cual tenia delante de sí un plato de abundante puchero con choclos y zapallo.
El cacique nos recibió como siempre, cortésmente, se puso de pie, nos dio la mano, hizo que nos sentáramos y nos presentó a todos los circunstantes.
Estaba ocupado en algo muy grave.
Preparaba los ánimos para la gran junta que debía tener lugar, para que se vea que entre los indios, lo mismo que entre los cristianos, el éxito de los negocios de Estado es siempre dudoso, si no se recurre a la tarea de la persuasión previa.
Los franciscanos se retiraron y me dejaron solo.