Una excursión a los indios Ranqueles

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Mariano Rosas hablaba unas veces en general, otras en particular; su palabra es fácil, calculada e insinuante, pero a veces se exaltaba levantando la voz, fijando su mirada en el indio a quien le contestaba, y accionando con los brazos, contra su costumbre.

Me trajeron de comer y comí.

La conferencia iba larga.

Me retiré; conviniendo en que más tarde fijaríamos el día de la junta.

Yo quería saberlo con alguna anticipación; porque me proponía pasar hasta las tierras de Baigorrita.

Dormí una buena siesta.

El capitán Rivadavia me hizo interrumpirla.

Mariano Rosas se había quedado solo, estaba en la enramada y me invitaba a pasar a ella.

Acudí a su llamado.

Entrábamos en materia cuando el negro del acordeón, haciendo cabriolas y dándole dura a su instrumento, salió del toldo.

Aquel diablo me hacía el efecto de un jettatore.

Pero allí no había más remedio que aguantarle.

Ya he dicho que el dueño de casa gozaba inmensamente con él.

—Mientras el negro estuvo ahí, fue excusado hablar de cosas serias.

El Cacique no estaba sino para bromas.


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