Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles —¡Negro, negro!
Me estremecÃ.
Tomé un pretexto para no verle la cara, y me despedÃ.
La hora de comer se acercaba. En el fogón habÃa gordos asados extendidos ya sobre brasas. DespedÃan un tufo incitante y no era cosas de dejar que se chamuscaran.
—¡A comer, caballeros! —grité.
Se hizo la rueda y empezó la comilona.
Mi comadre Carmen andaba por allÃ. Le ofrecà asiento, sentóse, y nos entretuvo un largo rato contándonos su vida y enterándonos de algunas particularidades de los usos y costumbres ranquelinas.
A Mariano Rosas le llegaron vespertinas visitas, que pasaron la noche con él entregadas a los placeres de la charla y del vino.