Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles —Que después que hagan el ferrocarril, dirán los cristianos que necesitan más campos al Sur, y querrán echarnos de aquÃ; y tendremos que irnos al sur de RÃo Negro, a tierras ajenas; porque entre esos campos y el RÃo Colorado o el RÃo Negro no hay buenos lugares para vivir.
—Eso no ha de suceder, hermano, si ustedes observan honradamente la paz.
—No hermano, si los cristianos dicen que es mejor acabar con nosotros.
—Algunos creen eso, otros piensan como yo, que ustedes merecen nuestra protección, que no hay inconveniente en que sigan viviendo donde viven, si cumplen sus compromisos.
El indio suspiró, como diciendo: ¡Ojalá fuera asÃ! y me dijo:
—Hermano, en usted yo tengo confianza, ya se lo he dicho, arregle las cosas como quiera.
No le contesté, le eché una mirada escrutadora, y nada descubrÃ, su fisonomÃa tenia la expresión habitual, Mariano Rosas, como todos los hombres acostumbrados al mando, tiene un gran dominio sobre, sà mismo.
Es excusado querer leer en su cara la sinceridad o la falsÃa de sus palabras, dice lo que quiere; lo que siente, lo reserva en los repliegues de su corazón.
Se puso a acomodar su archivo, y luego que estuvo en orden, cerró el cajón, y llamó, diciendo: