Una excursión a los indios Ranqueles

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¡En qué pensaba, cómo saberlo ahora! Pensaría en lo que amaba o en la gloria, que son los dos grandes pensamientos que dominan al soldado. Recuerdo tan sólo que en una de las vueltas que di una voz conocida me sacó de la abstracción en que estaba sumergido.

Di media vuelta, y como a unos seis pasos a retaguardia, vi al cabo Gómez, cuadrado, haciendo la venia militar, doblándose para adelante, para atrás, derecha e izquierda así como amenazando perder su centro de gravedad.

Sus ojos brillaban con un fuego que no les había visto jamás.

En el acto conocí que estaba ebrio.

Era la primera vez desde que había entrado en batallón.

Por cariño y por las prevenciones que me había hecho Garmendia, le dirigí la palabra así:

—¿Qué quiere, amigo?

—Aquí te vengo a ver, che comandante, pa que me des licencia usted.

—¿Y para qué quieres licencia?

—Para ir a Itapirú a visitar a una hermanita que me vino de la Esquina.

—Pero hijo, si no estás bueno de la cabeza.

—No, che comandante, no tengo nada.

—Bien, entonces, dentro de un rato, te daré la licencia, ¿no te parece?


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