Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles La varonil figura de Gómez y las recomendaciones de Garmendia predispusieron desde luego mi ánimo en favor del nuevo destinado.
A mi turno, pues, se lo recomendé al capitán de la compañÃa de granaderos, diciéndole todo lo que me habÃa prevenido Garmendia.
El tiempo corrió…
Gómez cumplÃa estrictamente sus obligaciones, circunspecto y callado, con nadie se metÃa, a nadie incomodaba. Los oficiales le estimaban y los soldados respetaban por su porte. De vez en cuando le buscaban para tirarle la lengua y arrancarle tal cual agudeza correntina.
En ese tiempo yo era mayor y jefe interino del batallón 12 de lÃnea. Todos los sábados pasaba personalmente una revista general.
Me parece que lo estoy viendo a Gómez, en las filas, cuadrado a plomo, inmóvil como una estatua, serio, melancólico, con su fusil reluciente, con su correaje lustroso, con todo su equipo tan aseado que daba gusto.
Gómez no tardó en volver a ser cabo.
HabrÃan pasado cinco meses.
Un dÃa paseábame yo a lo largo de la sombra que proyectaba mi alojamiento, que era una hermosa carreta.
Esto era en el célebre campamento de TuyutÃ, allá por el mes de agosto.