Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Deben lavar, cocinar, cortar leña en el bosque con las manos, hacer corrales, domar los potros, cuidar los ganados y servir de instrumento para los placeres brutales de la concupiscencia.
¡Ay de los que se resisten!
Los matan a azotes o a balazos.
La humildad y la resignación es el único recurso que les queda.
Y, sin embargo, yo he conocido mujeres heroicas que se negaron a dejarse envilecer, cuyo cuerpo prefirió el martirio a entregarse de buena voluntad.
A una de ellas la habÃan cubierto de cicatrices; pero no habÃa cedido a los furores eróticos de su señor.
Esta pobre me decÃa, contándome su vida. Con un candor angelical: «HabÃa jurado no entregarme sino a un indio que me gustara y no encontraba ninguno».
Era de San Luis, tengo su nombre apuntado en el RÃo Cuarto. No lo recuerdo ahora. La pobre no está ya entre los indios. Tuve la fortuna de rescatarla y la mandé a su tierra.
En aquellos mundos de barbarle pasan dramas terribles.
Cuantas más cautivas hay en un toldo, más frecuentes son las escenas que despiertan y desencadenan las pasiones, que empequeñecen y degradan a la humanidad.