Una excursión a los indios Ranqueles

Una excursión a los indios Ranqueles

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Las cautivas nuevas, viejas o jóvenes, feas o bonitas tienen que sufrir, no sólo las acechanzas de los indios, sino, lo que es peor aún, el odio y intriga de las cautivas que les han precedido, el odio y las intrigas de las mujeres del dueño de casa, el odio y las intrigas de las chinas sirvientas y agregadas.

Los celos y la envidia, todo cuanto hiela y enardece el corazón a la vez se conjura contra las desgraciadas.

Mientras dura el temor de que la recién llegada conquiste el amor o el favor del indio, la persecución no cesa.

Las mujeres son siempre implacables con las mujeres.

Frecuentemente sucede que los indios, condoliéndose de las cautivas nuevas, las protegen contra las antiguas y las chinas. Pero esto no se hace sin empeorar su situación, a no ser que las tomen por concubinas.

Una cautiva a quien yo le averiguaba su vida, preguntándole cómo le iba me contestó:

—Antes, cuando el indio me quería, me iba muy mal, porque las demás mujeres y las chinas me mortificaban mucho, en el monte me agarraban entre todas y me pegaban. Ahora que ya el indio no me quiere, me va muy bien, todas son muy amigas mías.

Estas palabras sencillas resumen toda la existencia de una cautiva.


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