Una excursión a los indios Ranqueles

Una excursión a los indios Ranqueles

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Agregaré que cuando el indio se cansa, o tiene necesidad, o se le antoja, la vende o la regala a quien quiere.

Sucediendo esto, la cautiva entra en un nuevo periodo de sufrimientos hasta que el tiempo o la muerte ponen término a sus males.

Poco antes de salir de Leubucó, conocí por casualidad un cristiano que hacía diligencias por comprarle a un indio una cautiva, nada más que por hacerle a ésta un servicio, por humanidad.

La desdichada decía:

—El indio es muy bueno y me venderá si no me han de llevar a otra parte. Pero las chinas son malazas.

A propósito de llevar a otra parte, esto requiere una explicación.

Hay dos modos de vender: el uno consiste en cambiar simplemente de dueño, el otro en la redención. El último es el más caro.

Ya comprenderás, Santiago amigo, que todo lo que dejo dicho en esta carta no me lo contó mi comadre Carmen. Una parte se lo debo a ella, el resto a otros y a mis propias observaciones.

Lo que sigue, sí, se lo debo a ella exclusivamente.

La noche estaba templada y clara, incitaba a conversar y se podía leer sin más luz que las estrellas.


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