Una excursión a los indios Ranqueles

Una excursión a los indios Ranqueles

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Cargan su pipa, se echan de barriga, se la ponen en la boca le colocan una brasa de fuego en el recipiente y dan una fumada con toda fuerza, tragando todo el humo; en seguida otra, otra del mismo modo. A la cuarta fumada, les viene una especie de convulsión nauseabunda, se les cae la pipa da la boca, y quedan profundamente dormidos.

Salíamos del monte, descendiendo por un plano ligeramente inclinado hacia una cañada. Allí íbamos a parar, haciendo noche al borde de una lagunita llamada Pitralauquen, lo que quiere decir laguna de los flamencos. Trae su nombre de que en aquel paraje hay siempre muchos de estos pájaros.

El sol se ponía tras de las alturas de Poitaua, y sus arreboles teñían las nubes del lejano horizonte, cuando hacíamos alto y echábamos pie a tierra.

La lagunita, que tiene como cien metros de diámetro, y forma circular, estaba llena de agua. Centenares de rosados flamencos, de blancos cisnes y gansos, de pardos patos y gallaretas, se deslizaban mansamente sobre la líquida superficie.

Los indios no tienen costumbre de matar las aves acuáticas, así es que no se inquietaron por nuestra aproximación.


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