Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Campamos cerca de unos chañarcitos, se acomodaron bien las tropillas, organizando la ronda, no fueran a darnos un malón, se buscó leña y no tardó en alegrar el cuadro un hermosísimo fogón.
Los franciscanos se habían molido un poco.
Su pensamiento dominante era descansar, en tanto hacían un buen asado. Como verdaderos veteranos se echaron, pues, sobre las blandas pajas. Mis ayudantes y yo nos dimos un baño, turbando la quietud de las aves, que se dispersaron volando en todas direcciones, y cuyo nido saqueamos inhumanamente haciendo un acopio de huevos.
Salimos del agua, junto con las primeras estrellas; nos vestimos de prisa, porque hacia fresco, y ganando el fogón, que a una vara de distancia quemaba, en un momento dejamos de tiritar.
Al rato comíamos, y Mora; mi lenguaraz, nos entretenía contándonos sus aventuras. Ya he dicho quién era en una de mis primeras cartas, y si no estoy trascordado, ofrecí contar su vida.