Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Cuando Mora dejó la palabra, habiendo dicho poco más o menos lo que queda consignado en el párrafo anterior, terminábamos de comer.
Estaba helando.
Hicimos las camas alrededor del fogón, dándole los pies, puse los frailes a mi lado —los cuidaba como a las niñas de mis ojos—, y traté de dormir.
La creación estaba en calma, el silencio del desierto no era interrumpido sino por uno que otro relincho de los caballos, o por el graznido de las aves de la laguna.
La luna se levantaba, coronando de luces el firmamento, tachonado de mustias estrellas.