Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles De esperanza en esperanza, de ilusión en ilusión, de desengaño en desengaño, de decepción en decepción, de caída en caída, de percance en percance, de desvarío en desvarío, rodamos fatalmente y llegamos al borde de la tumba, cayendo en su misteriosa obscuridad para cesar de sufrir, o sufrir más.
Hemos aspirado, no hemos hecho nada por nosotros ni por la humanidad, hemos consumido una existencia robusta, exuberante, con cuya savia se han alimentado quién sabe cuántos parásitos afortunados, exclamando mil veces: En vain, hélas en vain!
Y por todo consuelo, nos contentamos con darle al mundo y a sus pompas vanas un adiós irónico escribiendo en forma de epigrama póstumo un epitafio.
Ci-gît Piron, qui ne fut rien
pas même académicien.
Si la vida se pasa así, de cualquier modo, con más razón se pasa cualquier noche.
La primera que dormí en Quenque, al raso, cerca del toldo de mi compadre Baigorrita, pertenece a ese género. Creo que ni recuerdos tuve.
De ella sólo puedo decir que dormí.
Mi fatigado cuerpo no sintió ni el aire de la noche, ni la dureza, del suelo, ni la famélica inquietud de los perros, que devoraban los rezagos y huesos de nuestro fogón, haciendo crujir sus afilados dientes, hasta romperlos y chupar el escondido tuétano.