Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Los indios no les dan de comer a sus perros, sin embargo, tienen muchos; en cada toldo tiene una jaurÃa.
Los pobres viven de los bichos del campo, que cazan, o como los avestruces, pescando moscas al vuelo.
El hambre les hace adquirir una destreza increÃble. Mosca que zumba por sus narices va a parar a su estómago.
Los tratan con la mayor dureza; el que no está lleno de chichones tiene alguna cicatriz agusanada.
Es lo que sacan cuando se acercan a algún fogón o cuando al carnear una res se arriman tÃmidamente a ella para chupar siquiera la sangre que riega el suelo.
Las chinas son las que tienen alguna compasión de ellos.
Son sus compañeros inseparables. Van al monte y al agua con ellas; con ellas recogen el ganado; al lado de ellas duermen.
A los indios no los siguen jamás.
En mi fogón se dieron una panzada que debe haber hecho época entre ellos.
En esta hora deben estar cantando con himnos caninos, y en el mismo bronco lenguaje con que ladran a la luna por no decir adoran, la generosidad y espléndida magnificencia de unas gentes extrañas, que anduvieron por allÃ, con caras desconocidas, o trajes que no habÃan visto jamás y hablando un idioma ininteligible, aunque agradable a su oÃdo.