Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Era necesario que todos los circunstantes se enterasen perfectamente bien de mis razones.
Vino Juancito, que así se llamaba el perito, y se colocó entre mi compadre y yo, dando la espalda a la entrada del toldo.
Era un zambo motoso, de siete pies de alto, gordo como un pavo cebado.
Su traje consistía en un simple chiripá de jerga cepa.
En su fisonomía estaban grabados con caracteres inequívocos los instintos animales más groseros. Todas sus facciones eran deformes, y a la manera de los indios, se había arrancado con pinzas los pelos de la cara, pintando los pómulos y los labios. Su mirada era chispeante, pero no revelaba ferocidad.
Le dije mis primeras razones, intentó traducirlas. No pudo, sus oídos no habían jamás escuchado un lenguaje tan culto como el mío. Y eso que yo me esforzaba siempre en expresarme con toda sencillez.
No entendía jota.
Al trasmitirle a mi compadre, Baigorrita mis razones, Camargo y Juan de Dios San Martín, le decían:
—El Coronel no ha dicho eso.