Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Las visitas, impacientadas, gruñían contra el zambo. Él, avergonzado y turbado de su imbecilidad sudaba la gota gorda. Su cara y su pelo traspiraban como si estuviera en un baño ruso, despidiendo un olor grasiento peculiar que volteaba.
Cuando su confusión llegó hasta el punto de sellarse los labios cayó en una especie de furor concentrado. Levantóse de improviso, y diciendo: «Me voy, ya no sirvo», se marchó.
Nadie hizo la menor observación.
La conversación continuó, haciendo de intérpretes los otros lenguaraces.
Las mujeres de mi compadre, las chinas y cautivas se pusieron en movimiento, y el almuerzo vino.
A cada cual le tocó, lo mismo que en el toldo de Mariano Rosas, un enorme plato de madera con carne cocida, caldo, zapallos y choclos.
Comí sans façon.
Tomaba las posturas que me cuadraban mejor, y calculando que lo que iba a hacer produciría buen efecto en el dueño de la casa y en los convidados me quité las botas y las medias, saqué el puñal que llevaba a la cintura y me puse a cortar uñas de los pies, ni más ni menos que si hubiera estado solo en mi cuarto, haciendo la policía matutina.