Una excursión a los indios Ranqueles

Una excursión a los indios Ranqueles

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Mi compadre y los convidados estaban encantados. Aquel coronel cristiano parecía un indio. ¿Qué más podían ellos desear? Yo iba a ellos. Me les asimilaba. Era la conquista de la barbarie sobre la civilización. El Lucius Victorius Imperator, del sueño que que tuve en Leubucó la noche en que Mariano me hizo beber un cuerno de aguardiente, estaba transfigurado.

Cuando acabé la operación de cortarme las de los pies, me limpié las de las manos, y para completar la comedia me escarbé los dientes con puñal.

Trajeron el asado, agua y trapos. En lugar de hacer uso del cuchillo de la casa, hice uso del mío.

El indio del día antes, se presentó a la sazón con mis guantes, se me sentó al lado y le dio por jugar con mi pera, insistiendo en que la había de trenzar porqué era linda, según él decía. Le dejé hacer su gusto.

Terminado el almuerzo trajeron unas cuantas botellas de aguardiente y entre yapaí y yapaí las apuramos.

Mi ahijado, a quien el día antes había acariciado, se acercó a mí. Le hice un cariño. Una cautiva le habló en la lengua, y el chiquilín juntó las manos, y todo ruborizado me dijo: «bendición».

—Dios te haga un buen cristiano, ahijado —le contesté; y echándole los brazos le senté en mis piernas.


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