Una excursión a los indios Ranqueles

Una excursión a los indios Ranqueles

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El chiquilín se quedó como en misa. Saqué el reloj y se lo puse al oído para que oyera el tictac de la rueda: siguió inmóvil. Guardé el reloj, y viendo que por sobre su cabecita caminaban ciertos animalitos de mil pies, me puse a espulgarlo.

Comprendo, Santiago amigo, que estos detalles son poco filosóficos e instructivos; pero hijo mío, ya que no puedo cantar las glorias de mi espada, permíteme describirte sin rodeos cuanto hice y vi entre los ranqueles.

El pulcro y respetable público tendrá la bondad de ser indulgente, a no ser que prefiera, lo que suele ser raro, la mentira a la verdad.

Rien n’est beau que le vrai.

Tomo el dicho por los cabellos y continúo.

Mi ahijado estaba acostumbrado a la operación.

Los indios se la hacen unos a otros, al rayar el sol, con un apéndice que dejo a tu perspicacia adivinar.

De gustos no hay nada escrito.

Una ostra cruda es para algunos el bocado más sabroso. Vitelio se comía, para abrir el apetito, cuarenta docenas de una sentada.

Algunos buscan el queso hediondo, y prefieren el que camina.

Mientras tanto otros, no pueden pasar ni lo uno ni lo otro.

No nos admiremos de la costumbre de los indios.


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