Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Tomélo, y haciéndole ver a mi compadre cómo se asentaba la navaja, le di ambas cosas.
Las tomó, y viendo primero si se adaptaban al bolsillo de su tirador, las colocó en seguida en él.
Salí del toldo. Me mudé la ropa, después que Carmen me ayudó a eliminar los intrusos que se habían guarecido en mis cabellos; di un paseo porque tenía necesidad de respirar el aire libre y puro del campo, haciendo fuego con el revólver sobre algunos caranchos y teruteros; y al rato volví al fogón para acabar de disipar con café los efectos del aguardiente.
De regreso de la caminata, pasé por detrás del toldo de mi compadre y volví a ver la cara patibularia del día antes, apoyada con aire sombrío en la costanera del ranchito, que servía de cocina, y que sobresalía media vara.
Junto con ella estaba otra juvenil, de aspecto extraño y marcadamente de cristiano.
La curiosidad me acercó a ellos.
Les dirigí la palabra, callaron.
—¿No entienden? —les dije, con cierta acritud. Me contestaron en lengua de indio.
Comprendí que no querían hablar conmigo.
El hecho acabó de despertar mi curiosidad.
No puedo decir por qué, pero lo cierto es que la primera cara me alarmaba.