Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Seguà mi camino con el intento de averiguar quiénes eran aquellos desconocidos.
Entré en el toldo de mi compadre.
Estaba solo con sus hijos, en la misma postura en que le habÃa dejado hacÃa un rato y picaba tabaco.
¿Con qué?
Nada menos que con la navaja de barba que le acababa de regalar.
El asentador le servÃa de punto de apoyo.
Bien empleado me está, dije para mi coleto, por haber gastado pólvora en chimangos.
Mi compadre se sonrió complacido y con una cara como unas pascuas, y mirándose en la superficie tersa y lustrosa de la navaja, me dijo:
—Lindo.
—Es verdad —le contesté, murmurando—, ¡no te degollarás con ella! —y agregando al mismo tiempo hacia el ademán de afeitarme—, mejor es para esto.
Me entendió, y repuso:
—Cuchillo.
QuerÃa decirme que el cuchillo era más aparente para afeitarse.
Llamó a Juan de Dios San MartÃn.
Mientras éste venia, salà del toldo para contarles a mis ayudantes y a los franciscanos qué suerte habÃa corrido la navaja de Rodgers.