Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles —De Patagones.
—¡Ah! —dijo mi ayudante RodrÃguez—, a mà me has dicho hace un rato que chileno.
—Y a mÃ, no recuerdo quién, que de BahÃa Blanca.
—SÃ, ha de ser algún pÃcaro, —les contesté.
Y esto diciendo, me dirigà al toldo de mi compadre.
Estaba como le habÃa dejado, en la misma postura, seguÃa picando tabaco con la navaja y hablaba con Juan de Dios San MartÃn.
Me senté, y le hice preguntar por el lenguaraz quién era el desconocido.
Me contestó que no sabÃa, que lo habÃa visto; pero creÃdo que era de mi gente.
Juan de Dios San MartÃn dijo que él no habÃa reparado en semejante hombre.
Le observé a mi compadre que cómo habÃa podido tomar por hombre mÃo un rotoso como ése.
Se encogió de hombros, y le ordenó a San MartÃn que averiguase quién era, de dónde venÃa, qué querÃa.
San MartÃn salió.
Yo me eché en el suelo, como en un mullido sofá.
Mi compadre siguió imperturbable picando su tabaco.