Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles —Yo soy tu amigo.
—¿Por qué entonces midiendo tierra, gualicho redondo?
Gualicho redondo, era mi aguja de marear óptica, de la que me habÃa servido infinidad de veces, en la travesÃa del RÃo Quinto a Leubucó.
—Eso no es para medir la tierra, —le contesté.
—Vos engañando, —repuso.
—Yo no miento.
—¿Y entonces qué haciendo gualicho redondo?
—Era para saber el rumbo, dónde quedaba el norte.
—¿Y para qué haciendo eso, teniendo camino y baqueano?
—Porque cuando ando por los campos me gusta saber derecho a dónde voy.
—¡Winca! ¡winca!, —murmuró. Y en voz alta y volviendo a rayar el caballo, en cÃrculos concéntricos para lucir la rienda del animal y su destreza, gritó:
—¡Engañando!
Llegaron varios indios, hablaron a un mismo tiempo y rodeándome, me dijeron:
—Dando camisa.
—No tengo —contestó secamente.