Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Queriendo evitar un segundo diálogo, me dirigà al toldo de mi compadre; pero viendo al padre Marcos con el desconocido, hice un rodeo y me acerqué a ellos.
—Y al fin, ¿de dónde eres? —le pregunté—, ¿de Chile, de Patagones o de BahÃa Blanca?
No me contestó.
—¿Conque tienes lengua para pedir y no la tienes para contestar? —agregué.
—Yo no he pedido nada —contestó por primera vez con acento porteño.
—Lo que yo debÃa hacer era quitarte por soberbio lo que te he dado —le dije.
—Ahà esta, —murmuró con desprecio.
Me retiré. Aquel hombre me alteraba la sangre, y entré en el toldo de mi compadre.
SeguÃa picando tabaco.
Me hizo señas de que tomara asiento.
Me senté.
Trajeron, puchero.
ComÃ.
A mi compadre le sirvieron un riñón de cordero, caliente, crudo y un bofe de vaca fiambre, aliñado con cebolla y sal.
Me ofreció un bocado.
Acepté.