Una excursión a los indios Ranqueles

Una excursión a los indios Ranqueles

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A no haber estado allí los frailes, hubiera decirse que parecía un Vulcano jocoso entre las llamas rodeado de condenados; porque aquellas, flameando al viento, chamuscaban su barba, siendo motivo de que hiciera toda clase de piruetas y de gesticulaciones, lo que provocando la risa de los circunstantes completaba el cuadro.

Los ojos se me iban, viendo el apetitoso asado.

Pensaba en el pincel y en la paleta de Rembrandt cuando una voz conocida, dijo detrás de mí, con acento respetuoso:

—¡Buenas noches, señores!

Era Juan de Dios San Martín.

—Buenas noches; siéntese, amigo, si gusta —le contesté.

—Gracias, señor —repuso—, no puedo ahora. Vengo a decirle que dice Baigorrita que los caballos están mal donde los tiene: que ha sabido que andan unos indios ladrones por darle un golpe, y que sería mejor los encerrase en el corral.

No pude resolverme de pronto a contestarle que estaba bueno, porque los animales tenían necesidad de alimentarse bien. Pero entre que sufrieran más y perderlos, el partido no era dudoso.

Después de un instante de reflexión, contesté:

—Dile a mi compadre que si hay peligro los haré cerrar.

—Es mejor —contestó San Martín.


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