Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Mis pensamientos eran plácidos, como los del niño que alegre corre y juguetea, en tarde primaveral, por las avenidas acordonadas de arrayán del verde y pintado pensil.
Las penas andaban huidas, también ellas son veleidosas.
A veces suelo echarlas de menos.
El sol hundió su frente radiosa tras de las alturas de Quenque, augurando el limpio horizonte y cielo despejado de nubes un nuevo hermoso dÃa; las estrellas comenzaron a centellear tÃmidamente en el firmamento; las sombras nocturnas fueron envolviendo poco a poco en tinieblas el vasto y dilatado panorama del desierto, y cuando la noche extendió completamente su imponente sudario, el fogón ardÃa, rechinando al quemarse los gruesos troncos de amarillento caldén, chisporroteando alegre la endeble carda, como si festejara el poder del elemento destructor.
La rueda se habÃa hecho sin orden en dos filas. Detrás de cada franciscano y de cada oficial habÃa un asistente. El chusco Calixto Olazábal, atizaba fuego, reparaba el asado, tomaba mate y sotaba dicharachos sin pararle la lengua un minuto.