Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Cansancio. Puesta del sol. Un fogón de dos filos. Mis caballos no estaban seguros. Aviso de Baigorrita. Los indios viven robándose unos a otros. La justicia. Los pobres son como los caballos patrios. Cena y sueño. Intentan robarme mis caballos. Cantan los gallos. Visión. El mate. Un cañonazo.
El dÃa habÃa sido fecundo en impresiones. La tarde, esa hora dulce y melancólica, avanzaba. El fuego solar no quemaba ya. La brisa vespertina soplaba fresca, batiendo la grama frondosa, el verde y florido trébol, el oloroso poleo, y arrancándoles sus perfumes suaves y balsámicos a los campos, saturaba la atmósfera al pasar con aromáticas exhalaciones. Los ganados se retiraban pausadamente al aprisco.
Mi cuerpo tenÃa necesidad de reposo. Mi estómago pedÃa un asadito a la criolla. TenÃamos una carne gorda, que sólo mirarla abrÃa el apetito.
Mandé hacer un buen fogón, con asientos para todos. Proclamé cariñosamente a los asistentes para que trajeran leña gruesa de cañar y carda.
HabÃa una enramada llena de cueros viejos, de trebejos inútiles, de guascas y chala de maÃz. Le eché el ojo, la mandé limpiar, y me dispuse a cenar como un prÃncipe, y a pasar una noche de perlas.