Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Empecemos porque le falta una oreja, lo que, desfigurándole, le da el mismo antipático aspecto que tendrÃa cualquier conocido sin narices. Está siempre flaco, y si no está flaco, tiene una matadura en la cruz o en el lomo; es manco o bichoco; es rengo o lunanco; es rabón o tiene una porra enorme en la cola; está mal tusado, y si tiene la crin larga hay en ella un abrojal; cuando no es tuerto tiene una nube; no tiene buen trote ni buen galope, ni tranco, ni sobrepaso. Y sin embargo, todo el que le encuentra le monta. Y no hay ejemplo de que un patrio haya podido decir al morir: a mà no me sobaron jamás. Todo el que alguna vez lo montó le dio duro hasta postrarlo. ¡Ah! si los patrios que a millares yacen sepultados por los campos formando sus osamentas una especie de fauna postdiluviana se levantaran como espectros de sus tumbas ignoradas y hablasen ¡qué no contarÃan! ¡Qué ideas no suministrarÃan para la defensa y seguridad de las fronteras! ¡Pobres patrios! ¿Quién no les echó la culpa de algo? ¡Cuántas batallas perdidas por ellos desde el año 20 hasta la guerra del Paraguay, cuántas campañas prolongadas como la actual de Entre RÃos! ¡Cuántas reputaciones vindicadas a sus costillas por no haber vivido en tiempos de Esopo! Los tiempos hacen todo. Está visto. ¡Pobres patrios! Sólo ellos han callado. Resignados han sufrido, sufren y sufrirán su suerte impÃa. ¡Pobres patrios! Desde el dÃa en que los hubo, ¿quién no ha murmurado y gritado contra la patria?