Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Todo el mundo menos ellos.
Such is life!
¡Así es la vida! Los que no deben quejarse se quejan.
Los choclos se cocieron y los comimos; se acabó la cena, siguió un rato más la conversación y luego cada cual pensó en hacer su cama.
La mía estaba deliciosa; con cueros le habían hecho cortinas a la enramada; el airecito fresco de la noche no podía incomodarme. Me acosté.
Después que los asistentes acomodaron las camas de los franciscanos y de los oficiales se posesionaron del fogón y churrasquearon bien.
Yo me dormí arrullado por su charla, y por la bulla del toldo de mi compadre, que junto con unos cuantos amigos íntimos y sus chinas saboreaba en el mayor orden el aguardiente que yo le había llevado.
Varias veces me desperté sobrecogido, creyendo ver al negro del acordeón y oír su voz.
Estaba profundamente dormido, cuando San Martín, acercándose a mi cabecera, me despertó diciéndome:
—¡Mi Coronel!
Temiendo que mi compadre quisiera hacerme las de Mariano Rosas, no contesté.
—¡Mi Coronel!, ¡mi Coronel! —repitió San Martín.
No contesté.