Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Acercóse entonces a la cama de uno de mis oficiales, y le dijo:
—El Coronel está muy dormido, no oye, vengo a decirle que acaban de correr a unos ladrones que andaban por robarle los caballos, que es bueno que mande más gente al corral.
Viendo que no habÃa riesgo en darme por despierto, llamé y ordené que cuatro asistentes fueran a reforzar la ronda del corral. Y llamándolo a San MartÃn, le pregunté qué hacia mi compadre.
—Se está divirtiendo —me contestó.
—Bueno —le dije—, que no me vayan a incomodar llamándome.
—No hay cuidado, señor. Baigorrita me ha encargado que repare no lo incomoden. No quiere que usted lo vea achumado, tiene vergüenza. Por eso ha empezado a beber de noche.
Respiré. Me acomodé en la cama, me di unas cuantas vueltas, porque algo habÃa que no permitÃa conciliar el sueño con facilidad, y por fin me volvà a quedar dormido.
El cuerpo se acostumbra a todo. Dormà sin interrupción unas cuantas horas seguidas.
La vida se pasa sin sentir, ya lo he dicho. Pero ni todos los dÃas, ni todas las noches son iguales.
Si lo fuesen, el peor de los suplicios serÃa vivir. Felizmente en la existencia humana hay contrastes.