Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Imaginaos un hombre que no hace más que divertirse —o a quien todo le sabe bien— que no sabe lo que es una contrariedad; y decidme, lector sesudo, que acabáis quizá de estar maldiciendo vuestra estrella, si os cambiarÃais por él. ¡Ah!, el que tiene hambre no sabe lo que es un opulento enfermo del estómago. Con razón un magnate inglés, a quien en los momentos de sentarse en su opÃpara mesa, se le presentó un desconocido pidiéndole una limosna y diciéndole que era tan desgraciado que se morÃa de hambre, contestó:
—Vete de mÃ, tienes hambre y dices que eres desgraciado. El desgraciado soy yo, que rodeado de manjares no puedo pasar ninguno; el que no me hace daño me empalaga.
Por eso las mujeres de más talento, las que más interesan, son las que renovándose más, se prodigan menos.
QuerÃa decir que la segunda noche de Quenque, no habÃa sido como la primera.
En cuanto cantaron los gallos me desperté, llamé a Carmen y le pedà mate.