Una excursión a los indios Ranqueles

Una excursión a los indios Ranqueles

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Mientras hacia fuego, calentaba agua y lo cebaba, pasé revista de impresiones nocturnas. Había tenido un sueño, un sueño extravagante, como son todos los sueños, por más que hayan dicho y escrito sobre el particular los grandes soñadores como Simonide, Seyano, el sucesor de Pertinax, la madre de Paris, Alejandro, Amílcar y César.

De una novela de Carlos Joliet, de una fiesta veneciana dada a Luigi Metello, de mi almuerzo en el toldo de Baigorrita y otras reminiscencias, mi imaginación había hecho un verdadero imbroglio.

Había asistido a una cena. Los manjares eran todos de carne humana; los convidados eran cristianos disfrazados de indios y la escena pasaba a la vez en Quenque y en casa de Héctor Varela. El anfitrión era una mujer, Concordia, la hija de Júpiter y de Temis, y alrededor de ella estaban los principales hombres argentinos. Cada cual tenía una ancha pampa y en ella se leía un mote. Mitre —Tout ou rien. Rawson —Frères unis et libres. Quintana Sempre diritto. Alsina —Remember! Argerich —Liberté. Gutiérrez, José María —Odi et amo. Avellaneda —¿Dormir? ¿Réver? Vareta, Mariano —Honni soit qui mal y pense? Vélez Sarsfield —De l’or! Gorostiaga —Assez. Elizalde —Jamais, toujours. Gainza —Veni, vide, vinci. López Jordán —Muriamur. Sarmiento —Lasciate ogni speranza.


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