Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Los que mandaban cuerpos, enviaban de tiempo en tiempo oficiales de confianza a revisar los hospitales, tomar buena nota de sus enfermos o heridos respectivos y socorrerles en cuanto cabÃa.
Yo tenÃa frecuentes noticias de los hospitales de Itapirú y de Corrientes. Los enfermos seguÃan bien. DÃa a dÃa esperaba algunas altas.
Pensaba en esto quizá, cierta mañana, paseándome, según mi costumbre, por el parapeto de la baterÃa, cuyos cañones tenÃan constantemente dirigidas sus elocuentes y fatÃdicas bocas al montecito de YatartÃ-Corá, cuando un ayudante vino a anunciarme:
—Señor, una alta del hospital.
Su fisonomÃa traicionaba una sorpresa.
—¿Y quién, hombre?
—Un muerto.
—¿Cuál de ellos?
—El cabo Gómez.
Al oÃrle salté, impaciente y alegre del parapeto a la explanada, corriendo en dirección al rancho de la MayorÃa.
La noticia de la aparición del cabo Gómez ya habÃa cundido por las cuadras.
Cuando llegué a la puerta de la MayorÃa, un grupo de curiosos la obstruÃa.
Me abrieron paso y entré.