Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles El cabo Gómez estaba de pie, apoyado en su fusil y llevaba la mochila terciada. Sus vestiduras estaban destrozadas, su rostro pálido, habÃase adelgazado mucho y costaba reconocerle.
Realmente, parecÃa un resucitado.
Le di un abrazo, y ordené en el acto que prepararan un baile para celebrar esa noche la resurrección da un compañero y el regreso del primer herido.
El batallón era un barullo. Todos querÃan ver a un tiempo al cabo; los unos le hacÃan señas con la cabeza, los otros con las manos, los que no podÃan verle bien, se trepaban sobre el mojinete de los ranchos; nadie se atrevÃa a dirigirle la palabra interrumpiéndome a mÃ.
—¿Y cómo te ha ido, hombre?
—Bien, mi comandante.
—¿Dónde está la alta? —pregunté al oficial encargado de la MayorÃa.
Diómela, y notando que era de un hospital brasilero, me dirigà al cabo.
—¿Qué, has estado en un hospital brasilero?
—SÃ, mi comandante.
—¿Y cómo te salvaste de CurupaitÃ? Cuando yo te ordené salieras de la trinchera ya estabas herido de las dos piernas, no te podÃas mover.