Una excursión a los indios Ranqueles

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—Con mucho placer —contestó el padre.

Salió, volvió con fray Moisés Álvarez, se revistieron, nos hincamos, rezamos el Padre Nuestro, haciendo coro los cautivos que lo sabían y mi ahijado fue bautizado con el nombre de Lucio Victorio.

Terminada la ceremonia, Baigorrita les dio gracias a los franciscanos y les invitó a sentare a almorzar.

Hizo una seña y nos sirvieron. Había puchero de dos clases, de carne de vaca y de yegua; asado ídem. Yo comí carne de yegua, mi compadre lo mismo, los frailes de vaca.

Mientras almorzábamos, llegaron visitas. A todos se les obsequió como a nosotros; los unos eran conocidos del día antes, los otros recién llegados. Baigorrita me presentó a todos sucesivamente. Hubo abrazos y apretones de mano hasta el fastidio, preguntas y respuestas de siempre.

Mi compadre explicó lo que significaba entre los indios darle al ahijado el nombre y apellido del padrino.

Era ponerlo bajo su patrocinio para toda la vida; pasar del dominio del padre al del padrino; obligarse a quererle siempre, a respetarle en todo, a seguir sus consejos, a no poder en ningún tiempo combatir contra él, so pena de provocar la cólera del cielo.


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