Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles —Diga, señor, cuántas yeguas se dan por el tratado.
—Pero, hombre —le observaba yo—, ¿qué tiene que ver la pregunta con eso?
—Nada, señor, conteste lo que yo le digo; yo le diré después cómo son éstos.
Era una comedia. Me hablaban de pitos y contestaba flautas. Y el resultado de cada diálogo era siempre el mismo:
—Bueno, lo que haga Baigorrita está bien hecho.
Mi compadre agachaba la cabeza en señal de asentimiento; y Camargo me decÃa entre dientes, como hombre que sabÃa el terreno que pisaba:
—No ve, señor, si lo que quieren es hacerle creer a Baigorrita que ellos también saben hablar.
No menos de cuatro horas duró la broma aquella. Poco a poco fueron desapareciendo los grandes dignatarios de la tribu. Por fin nos quedamos tête a tête con mi compadre. Me dijo entonces que todo el tratado le parecÃa bueno. Pero que deseaba saber quién le iba a entregar a él su parte. Le contesté que Mariano Rosas era quien debÃa hacerlo; que tanto él como Ramón lo habÃan apoderado para tratar. Convino en ello, y terminamos pidiéndome dejara bien arreglado con Mariano, que a su tribu le tocaba la mitad de todo lo que el gobierno iba a entregar, lo que prometà hacer.