Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Mi ahijado, el futuro cacique Lucio Victorio Mansilla, no se movió de mi lado mientras duró la conferencia. Viéndolo cabecear le acomodé la cabecita en el respaldo de mi asiento y se quedó dormido. Era hora de siesta. Me acosté sin decirle una palabra a mi compadre, y dormà hasta que el desasosiego me despertó. Mi cuerpo hervÃa.
Me levanté, salà del toldo y lo dejé a mi compadre fumando y haciéndose espulgar por una de sus chinas.
Cambié de ropa, y en tanto que me vestÃa pensaba que el plan soñado de hacerme proclamar emperador de los Ranqueles bien valÃa la pena de aquellos sacrificios.
Murmuré: Lucius Victorius Imperator. Me pareció sonoro. Pero la onomancia me dijo: ¡Loco! Me miré la palma de la mano, consulté sus rayas, y la quiromancia me dijo, dos veces: ¡Loco! Vi cruzar una bandada de loros, observé su vuelo, y la ornitomancia me dijo, tres veces: ¡Loco!
La visión de la patria cruzó entre una nube de fuego por mi mente en ese instante, y viéndola tan bella me ruboricé de mis pensamientos y de no haber hecho hasta ahora nada grande, útil, ni bueno por ella.
Mandé ensillar un caballo, y me fui a visitar a Caniupán.
Galopé media hora y llegué a su toldo.