Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Me allegué al fogón, saludé dando las buenas noches, se pusieron todos de pie, menos el cuarterón; me hicieron lugar y me senté. El espÃa habÃa referido su vida con una ingenuidad y un cinismo que revelaba a todas luces cuán familiarizado estaba con el crimen. Robar, matar o morir habÃa sido lo mismo para él.
—¿Con que conoces al coronel Murga? —le pregunté.
—SÃ, le conozco —me contestó. Pero no cambió de postura, ni se movió siquiera. ConocÃa el terreno; sabÃa que allà éramos todos iguales, que podÃa ser desatento y hasta irrespetuoso.
—¿Y qué cara tiene?
Me describió la fisonomÃa de Julián, su estatura.
—¿Dónde le has conocido?
—En Patagones.
Me explicó a su modo dónde quedaba.
—¿Y cómo has ido a Patagones?
—Por el camino.
—¿Por qué camino?
—Por el que sale de lo de Calfucurá.
—¿Y cuántos rÃos pasaste?
—Dos.
—¿Cuáles?
—El Colorado y el Negro.
—¿Sabes leer?