Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Los criados de todas las casas conocidas nos abominaban y las sirvientas nos toleraban. Julián prometÃa desde chiquito. Era audaz, inventivo, estratégico. Diablura que a él se le ocurrÃa era siempre heroica. Una vez se le ocurrió tirarse de una azotea y lo hizo, se rompió una pierna; otra que incendiáramos una pulperÃa lanzando en ella un gato bañado en alquitrán y espÃritu de vino al que le pegamos fuego, y armamos un alboroto de marca mayor. TenÃamos la ciudad dividida en secciones. Un dÃa le tocaba a una, otro a otra. Esta noche le robábamos a Chandery la bota que tenÃa de muestra y a una paragüerÃa el paraguas, y por la mañana, Chandery anunciaba paraguas y la paragüerÃa botas.
Aquellos compañeros auguraban ya lo que serÃan más adelante algunos de la infantil decuria. ¡Cuántas traiciones y debilidades no denunciaron nuestros planes! ¡Cuántas cobardÃas no los hicieron fracasar! ¡Hasta espÃas habÃa entre nosotros, pagados por el celo maternal! ¡Ah!, ¡los niños, los niños! Los niños de hoy han de ser los hombres del porvenir.
Tomad nota de sus buenas y malas cualidades, de sus arranques de cólera, de sus Ãmpetus generosos. Porque más tarde o más temprano, ellos serán comerciantes, sacerdotes, coroneles, generales, presidentes, dictadores. El fondo de la humanidad persiste hasta la tumba. El barro del océano nada lo remueve.