Una excursión a los indios Ranqueles

Una excursión a los indios Ranqueles

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Estuvo en Caseros, en el sitio de Buenos Aires y en el Azul con el general Rivas. De allí desertó. Vivió errante algún tiempo haciendo fechorías, mató a uno de una puñalada en una pulpería, ganó los indios, anduvo por Patagones comerciando, en calidad de Picunche, y allí conoció al coronel Murga.

Yo me he criado con Julián, le quiero mucho; los recuerdos de nuestra infancia no se borrarán jamás de mi imaginación; en nuestro barrio, el de San Juan, habrá, como en todos, un caudillo, él era el nuestro. Los pulperos, los zapateros, los tenderos y las viejas nos temblaban. Éramos el azote de los negros que vendían pasteles, de los lecheros y panaderos.

Teníamos nuestro arsenal de piedras para ellos y una colección de apodos que todavía sobreviven. Perseguíamos a muerte los gatos y los perros del vecino. Pescábamos por los fondos sus gallinas.

No dejábamos llamador en su lugar, zócalo recién pintado, pared recién blanqueada, vidrio sano que no rayáramos o rompiéramos.

Los locos nos aborrecían, los vigilantes y los serenos preferían estar de amigos con la cuadrilla. Nos disfrazábamos y asustábamos a las viejas, prefiriendo a nuestras tías.


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