Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Si no fuera el miedo del castigo, que unas veces es la reprobación, y otras los suplicios de la ley, ¿serÃa yo mejor que ese hombre?, me pregunté por tercera vez. No me atrevà a contestarme. Nada me ha parecido más audaz que Juan Jacobo Rousseau, exclamando:
«Yo, sólo yo conozco mi corazón y a los hombres. No soy como los demás que he visto, y me atrevo a decir que no me parezco a ninguno de los que existen. Si no valgo más que ellos, no soy como ellos. Si la naturaleza ha hecho bien o mal en romper el molde en que me fundió, no puede saberse sino leyéndome».
Eché la última mirada al fogón.
El cuarterón atizaba el fuego maquinalmente con una mano, y con la otra acariciaba al perro flaco, que apoyado sobre las patas traseras dobladas y sujetando con las delanteras estiradas un zoquete, en el que clavaba los dientes hasta hacer crujir el hueso, miraba a derecha e izquierda con inquietud, como temiendo que le arrebataran su presa. Una llama vacilante, iluminaba con cambiantes el claro oscuro de la cara patibularia. Me dio lástima y no me pareció tan fea.
HacÃa fresco.
Me acerqué a él y le pregunté:
—¿No tienes frÃo?