Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles —Un poco —me contestó, mirándome con fijeza por primera vez, al mismo tiempo que le aplicaba una fuerte palmada a su protegido, que al aproximarme gruñó, mostrando los colmillos.
Una calma completa reinaba en derredor; todos dormÃan, oyéndose sólo la respiración cadenciosa de mi gente.
La luna rompÃa en ese momento un negro celaje, y eclipsando la luz de las últimas brasas del fogón iluminaba con sus tÃmidos fulgores aquella escena silenciosa, en que la civilización y la barbarie se confundÃan, durmiendo en paz al lado del hediondo y desmantelado toldo del cacique Baigorrita, todos los que me acompañaban, oficiales, frailes y soldados.
Cuidando de no pisarle a alguno la cabeza, el cuerpo o los pies, busqué el sitio donde habÃan acomodado mi montura. Estaba a la cabecera de mi cama. Saqué de ella un poncho calamaco, volvà al fogón y se lo di al espÃa de Calfucurá, cuyos grasientos pies lamÃa el hambriento perro, diciéndole:
—Toma, tápate.
—Gracias —me contestó tomándolo.
Iba a sentarme para seguir interrogándolo, aprovechando la quietud que reinaba, cuando oà el galope de varios caballos y gritos de:
—¿Dónde está ese coronel Mansilla?