Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles El espÃa se puso de pie. TenÃa un gran cuchillo medio atravesado por delante. Le miré. Su cara revelaba curiosidad, pero no mala intención.
—¿Qué gritos son esos? —le pregunté.
—Parecen borrachos —me contestó.
—A ver; fÃjate —le dije.
Paró la oreja; los gritos seguÃan aproximándose. Yo no percibÃa bien lo que decÃan. Ya no resonaba en el silencio de la noche mi nombre, sino ecos araucanos.
—¿Qué dicen? —le pregunté, pareciéndome oÃr una voz conocida.
—Es Camargo —me contestó.
—¿Camargo?
—SÃ, viene con unos indios borrachos, ya llegan.
En efecto, sujetaron los caballos e hicieron alto detrás del toldo de Baigorrita, presentándoseme acto continuo Camargo.
—¡Mi Coronel —me dijo, echándome el tufo—, acuéstese, acuéstese pronto!
—¿Por qué, hombre?
—¡Acuéstese, señor, acuéstese!
—Pero, ¿por qué?
—Caiomuta viene muy borracho.
Y esto diciendo, me tomó del brazo y me empujó hacia la enramada en que estaba mi cama.
—Acuéstese, señor —dijo el espÃa también.